Juan Pedro Salazar Casiano //
Música, baile y canto se hicieron presentes en el Auditorio Ricardo Flores Magón de la Facultad en la clausura de los Talleres extracurriculares 2012-1. Los aplausos fueron una constante en un evento donde los asistentes se deleitaron con las representaciones de los integrantes de algunos talleres.
La formación del alumno no sólo se basa en conocimientos, sino también en el desarrollo de habilidades que les permitan explorar determinados talentos. De esto dejó constancia el taller de coro comandado por Rodrigo Castañeda Madrid. Los integrantes de dicho curso endulzaron el oído del público con temas como God rest you Gentlemen, Hanacpachap Cussicuinin, Nadala de las campanas y Siyahamba.
Tras levantar los aplausos de los presentes, el estrado quedó listo para la presentación de la primera parte del grupo de baile de salón, al mando de Alejandro Mendizábal Cruz. El mambo hizo estallar al recinto. Al finalizar, las fajillas de las jóvenes de danza árabe acompañaban el movimiento de sus velos. Los flashes no faltaban, el grupo de Adriana Villaseñor danzaba al ritmo de Sidi Mansour.
La rica tradición árabe se trasladaba a la Facultad. El ritmo de la melodía era acompañada por las palmas. Los movimientos cadenciosos de las mujeres tenían hipnotizados a los presentes. De pronto, como nube que apacigua al sol, un par de carteles hicieron su aparición, le recordaban a una de las participantes que su familia y amigos estaban ahí.

La música cesó. El cielo invadió al auditorio. La luz era tenue y Adriana Villaseñor, profesora del grupo de danza árabe, apareció. Su cuerpo asemejaba una mariposa, movía las alas al ritmo violento, frenético, envolvente de Maksum y baladí; el sonido de los cascabeles aderezaba sus pasos de ciervo.
Las palmas no paraban de chocar. Justo en la parte superior del Flores Magón, tres damas miraban absortas. Una de ellas, colocada en medio de sus amigas, se tapaba la boca, tenía los ojos atentos al escenario donde, ahora, las alumnas de dicho curso danzaban al ritmo de los abanicos y de Halili.
Concluyeron. Por los costados del auditorio seguían descendiendo madres y padres de familia, niños, personas de la tercera edad y alumnos. Mientras eso ocurría, el taller de baile de salón completaba la segunda parte de su presentación. Los colores pastel y amarillo invadieron el lugar. Los cuerpos de los bailarines se contoneaban al ritmo de la música de la década de los 30.
El lugar quedó listo para la llegada del grupo de salsa cubana. Guadalupe Dávila y sus muchachos presentaron De Cuba a Puerto Rico y Vámonos p´al monte. En parejas formaron un círculo, sus movimientos eran cadenciosos y los asistentes, por medio de aplausos, solicitaron que, tras concluir la segunda melodía, reingresaran y los complacieran con otra coreografía.
El silencio se hizo. La luz bajó su intensidad. Las manos hablaron. Poco a poco la emotividad descendía al auditorio. Los representantes del taller de lenguaje de señas estaban en escena. No necesitaron palabras para cantar Sólo para ti, muchos aplaudían, otros movían las manos en forma circular. Después, mientras las bocinas transmitían No me ames, ellos lo hacían por medio se señas. Tras interpretar Latinoamérica, el grupo se despidió enarbolando la bandera de Color de esperanza.
De pronto, un cisne apareció en el escenario convertido en lago. El grupo de Jazz contemporáneo se presentaba. Al terminar dio paso a ocho cisnes que danzaban con gracia. Por momentos sus movimientos variaban, a veces eran rápidos, otras lentos.
La jornada tenía tintes de maratón. La gente continuaba su arribo, algunos, pocos, se marchaban. La sensualidad hizo su aparición cuando el segundo taller de danza árabe, a cargo de Luz del Alba Fernández, deleitó a las personas con una coreografía de sables y pañuelos. Todos aplaudían y las damas aparecían con pañuelos y listones para su siguiente número.
La felicidad y fantasía estaban presentes en su baile. Tras una danza a manos libres, donde la constante fue la dinámica y sensualidad, la música hindú representaba una declaración de amor. El fin de su rutina había llegado, con una despedida hicieron de los aplausos una constante.
Tambores, antifaces y gritos aparecieron cuando el taller de Danza afro arribó al auditorio. El ritmo exasperaba la alegría; ésta no bajó, pues las alumnas de Alicia Saldaña, maestra de Hawaiano y tahitiano, se encargaron de conservarlo. Con evocaciones de las playas, sol y mar de dicha región, lograron quedar tatuadas en la memoria de las cámaras de vídeo que afloraban por el lugar.
El sentimiento del taller de Flamenco llegó para expresar el dolor que enfrentó la población gitana. La combinación de ellos con los andaluces dio como resultado que los alumnos de dicho grupo bailaran Sevillanas, Garrotín y Tango. El ritmo cambió y con él, la sensualidad del tango dejó perplejo a más de uno.
El momento de la conclusión se acercaba. Antes de ello, las alumnas de Paola Quiroz, maestra del taller de Samba, trajeron Brasil a la Facultad. La batucada no paró, los aplausos tampoco.
El cierre estaba a la vuelta de la esquina. El sonido de los crótalos, los velos y abanicos enmarcaron la danza del tercer grupo de árabe. Nuevamente Alejandra López y sus alumnas deleitaron a los asistentes. El fin había llegado.
Tras recordar que los talleres extracurriculares son organizados por el Departamento de Difusión de la Coordinación de Extensión Universitaria de la Facultad, e informar que febrero será el mes en el cual inicien nuevamente, el evento concluyó.

FOTOS, MIRIAM CORTE Y VIOLETA FLORES.




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